Transformación Digital

Digital Transformation… es más un problema de chip mental que de tecnología

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Uno de los más grandes retos que están enfrentando las empresas y los gobiernos del siglo XXI estriba en la incapacidad de muchos de sus líderes para comprender a profundidad los cambios por los que está pasando la humanidad en la Cuarta Revolución Industrial.

Las redes sociales, cuando se dejan de ver como juguetes, y se analizan desde la óptica de los negocios, actúan como el sistema nervioso digital del planeta. La instantaneidad con la que fluye la información, la facilidad con la que mantenemos relaciones personales, académicas y de negocios es solo posible gracias al fenómeno social media.

Hemos dejado atrás la pasmosa lentitud del email y nos movemos en Facebook, twitter, Linkedin y whatsapp y la revolución apenas comienza.

Sin embargo, muchas empresas no se están adaptando a los cambios radicales y disruptivos por los que está pasando la humanidad. Es como si el liderazgo de estas compañías y gobiernos simplemente se hubiera quedado congelado en el siglo XX. No parecen lograr entender las nuevas reglas que, en el siglo XXI lo rigen todo. Parecen haberse quedado congelados en el milenio pasado.

El problema no es tecnológico, es mental

Hoy la tecnología más que nunca es un commodity. Cualquier empresa, ciencia o disciplina de cualquier rubro, tiene acceso a una vastísima gama de aplicaciones que corren o bien en nube o en sus smartphones.

Además, empresas, profesionales, universidades y gobiernos tienen acceso a cantidades ilimitadas de procesamiento y almacenamiento computacional a precios cada vez más cómodos. Esto está haciendo, que sin importar a la vertical que uno pertenezca, la innovación es uno de los aspectos fundamentales de toda empresa que desea ser competitiva del siglo XXI.

En nuestro trabajo diario, nos cuesta decirlo, notamos cómo los verdaderos obstáculos a la innovación (aquella auténtica, espontánea, que surge en la organización desde cualquier persona en cualquier momento y que corre por el ADN de la empresa) son los líderes de las empresas, que no construyen y premian una cultura organizacional innovadora, retadora, que se cuestione todo, sobretodo aquello que nos ha hecho exitosos en el pasado.

Parecen haberse congelado en el siglo XX… ¡Y no es su culpa! Se trata de un fenómeno neurológico natural: el imprinting. Lo que sucede es que su visión del mundo, su educación formal, sus primeros éxitos, se basaron siempre en lograr entender y respetar las reglas de juego del mundo de aquél milenio. Sin embargo, las reglas de juego han cambiado y lo han hecho de forma sumamente dramática y disruptiva. Es natural en todo ser humano ser resistente al cambio, salir de nuestra zona de confort da miedo, pero ahí radica el éxito de aquellos empresarios que están liderando la transformación digital del planeta: ¡Ellos ya la vieron!

Al instaurar de forma estratégica este tipo de cultura lo más importante es cómo aprende la empresa: Aprende de sus éxitos, pero entiende y abraza el error como un intento fallido por innovar, y de ese intento fallido extrae aprendizajes valiosísimos. Los líderes empresariales y de gobierno deben aprender a desaprender, a ser más humildes y reaprender de nuevo, a no ser víctimas de sus éxitos pasados y a aprender a preguntar, sobretodo a los más jóvenes, para comprehender de verdad cómo gira el mundo en el siglo XXI.

Deben perderle el miedo a equivocarse. Esa aproximación a lo que no funciona está en el corazón de Google, una de las firmas más innovadoras del planeta. Este es su pensamiento al respecto:

Accept Failure, But Fail Fast and Fail Smart ~ Google

Todo se trata de aprender más rápido

No puedo comulgar más con lo que plantea mi gran amiga Inés Temple en su artículo: Aprender más rápido, a raíz de su última participación en Sigularity University:

(…) Es impresionante como los humanos no mejoramos realmente a menos que nos reten o presionen. Eventos como estos son un jalón de orejas para desterrar la complacencia: no quiero ser como aquellos que andan dormidos en la rutina de sus vidas sin pensar dónde van, dónde quieren ir y menos, qué tienen que hacer para llegar allí. Sin ninguna curiosidad ni ambición por aprender, por dejar un legado, por saber cosas nuevas, por crecer. Que no hacen nada para anticiparse a lo que muy pronto afectará muchísimo sus trabajos y sus vidas, cómodos como están hoy, con mil excusas que los atrapan en lo fácil y conocido. Y que cuando se dan cuenta, ya es muy tarde para reaccionar y cambiar.

Pablo Bermúdez
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